Crece en conocimiento, voluntad y vence la mediocridad
Por Roberto López Barradas.
A lo largo de la historia la mente ha sido concebida como el órgano humano más complejo y el más poderoso de todo el cuerpo humano. La real academia define que la mente es el conjunto de facultades cognitivas (mentales) que engloban procesos como la percepción, el pensamiento, la conciencia, la memoria, etc., algunas de las cuales son características del humano y otras son compartidas con otras formas de vida. Este conjunto de procesos debe ser diferenciado de los estados mentales, tales como los deseos, la sensación de dolor o las creencias, que son instancias, tipos o ejemplos de dichos procesos.
El doctor Karl Menninger, en su obra The Human Mind, escribió que la mente humana es mucho más que el cofrecillo de trucos del cerebro. Es más bien toda la personalidad formada por los instintos, hábitos, recuerdos, órganos, músculos y sensaciones, todo pasando por un proceso constante de cambio.
El doctor Milton Hyland, también escribió sobre la mente. “la mente está en su propio lugar, y puede hacer por sí misma un paraíso del infierno o un infierno del paraíso”. Nuestra mente es la creación más grande de la Tierra y puede crear la más sublime de las felicidades para su propietario… o puede destruirle… Sin embargo, a pesar de que se nos ha dado el secreto de gobernarla para nuestra felicidad y beneficio, seguimos ignorando sus potencialidades, como los más estúpidos animales.
El autor Robin S. Sharma, en su obra El monje que vendió su Ferrari: “Si cuidas de tu mente, si la nutres y la cultivas como un fértil jardín, florecerá más allá de tus expectativas. Pero si dejas que la maleza arraigue, nunca podrás alcanzar la paz de espíritu y la armonía interna.”
Todo se encuentra ahí. Uno sólo tiene que estudiar los tesoros que permanecen, expuestos, a nuestro alrededor. Durante incontables siglos el hombre comparó su mente con un jardín. Séneca, dijo que la tierra, sin importar su feracidad, no podría ser productiva si no se cultivara; nuestra mente tampoco podría serlo. Sir Joshua Reynolds, escribió que nuestra mente es sólo tierra infecunda, acabada e improductiva, a menos de que se cultive continuamente con nuevas ideas. Y James Allen, en su obra clásica monumental, ¿Cómo piensa un hombre?, escribió que la mente del hombre es como un jardín que debe ser cultivado inteligentemente o permitírsele que crezca como la selva, por tanto, así como se cultive o como se descuide, producirá. Si no se plantan semillas útiles, entonces caerá sobre la tierra una abundancia de semillas improductivas, y los resultados serán equivocados, inútiles, peligrosos y sucios. En otras palabras, sea lo que sea que permitamos que entre en nuestra mente, para bien o para mal, siempre obtendrá frutos.
Una mente que no es ejercitada, cultivada, obligada a crecer, entonces se acostumbrará a pensar de una manera mediana, lenta, convirtiendo a su dueño en un enano mental, un conformista, un mediocre. Es muy sencillo. Podemos hacerlo personalmente u otros lo harán por nosotros.
Simplemente, al escuchar o leer repetidamente un pensamiento o una afirmación, ya sea que constituya una verdad o la más vil de las mentiras, al fin nuestra mente imprimirá ese pensamiento y se convertirá en una parte permanente de nuestra personalidad, tan fuerte que hasta actuaremos de acuerdo a eso sin siquiera considerar o reflexionar en el futuro. Como puede recordar, Hitler, hizo esto a un país entero, y la frase «lavado de cerebro» constituye algo que nos es familiar después de las muchas experiencias tristes que tuvieron los países que participaron en la segunda guerra mundial.
¿Nos convertimos en lo que pensamos?
¡Siempre!
Pero es nuestra decisión, nuestra oportunidad, nuestro privilegio cambiar el rumbo de nuestra mente. No abandonar nuestros sueños, nuestros anhelos, tomarnos un respiro, un descanso, pero regresar a trabajar, a construir, a prepararnos, a cultivarnos.
Persiste, se diligente; “esfuérzate y se valiente” como dice la biblia en el primer capítulo del libro de Josué: 1:6. Ahora te quiero compartir una pequeña parte de uno de mis libros favoritos: “El vendedor más grande del mundo” de Og Mandino, uno de los escritores que más admiro.
“Hoy comienzo una nueva vida. Hoy mudaré mi vieja mente que ha sufrido, durante tanto tiempo, las contusiones del fracaso y las heridas de la mediocridad. Hoy nazco de nuevo y mi lugar de nacimiento es una viña donde hay fruto para todos. Hoy cosecharé uvas de sabiduría de las vides más altas y cargadas de fruta de la viña, porque éstas fueron plantadas por los más sabios de mí profesión que han venido antes que yo, de generación en generación. La carrera que he escogido está repleta de oportunidades, y al mismo tiempo está llena de angustia y desesperación.
El fracaso no será mi recompensa por la lucha. Así como la naturaleza no ha hecho provisión alguna para que mi cuerpo tolere el dolor, tampoco ha hecho provisión para que mi vida sufra el fracaso. El fracaso, como el dolor, es ajeno a mi vida. En el pasado lo acepté como acepté el dolor. Ahora lo rechazo y estoy preparado para abrazar la sabiduría y los principios que me sacarán de las sombras para internarme en la luz resplandeciente de la riqueza, la posición y la felicidad, muy superiores a mis más extravagantes sueños hasta que aún las manzanas de oro en el jardín de las Hespérides no parecerán otra cosa que mi justa recompensa.
¿Y cómo lo lograré? Porque no tengo ni los conocimientos ni la experiencia para alcanzar la grandeza, y ya he tropezado en ignorancia y caído en el charco de la compasión por mí mismo. La respuesta es sencilla. Comenzaré mi viaje sin el estorbo de los conocimientos innecesarios o la desventaja de una experiencia carente de significado. La naturaleza me ha proporcionado ya el conocimiento y el instinto muy superiores a los de cualquier bestia en el bosque; y a la experiencia se le ha asignado un valor exagerado, especialmente por los viejos que asienten sabiamente con la cabeza y hablan erróneamente. Buscaré a la sabiduría y se la pediré a Dios como declara la biblia, el que este falto de sabiduría pídala a Dios quien da abundantemente.
El fracaso es la incapacidad del hombre de alcanzar sus metas en la vida, cualesquiera que sean. En realidad, la única diferencia entre aquellos que han fracasado y aquellos que han tenido éxito reside en la diferencia de sus hábitos. Los buenos hábitos son la clave de todo éxito. Los malos hábitos son la puerta abierta al fracaso. De manera entonces que la primera ley que obedeceré, y que precede a todas las otras es la siguiente: Me formaré buenos hábitos, y seré el esclavo de esos hábitos.
Finalmente, descubriré que reacciono ante todas las situaciones que me confrontan como los pensamientos y hábitos me ordenaron que reaccionara, y pronto estas acciones y reacciones serán fáciles de realizar, porque todo acto se hace fácil con la práctica. De manera entonces que nacerá un hábito nuevo y bueno, porque cuando un acto se hace fácil mediante la repetición constante se convierte en un placer realizarlo, y si es un placer realizarlo corresponde a la naturaleza del hombre el realizarlo con frecuencia. Cuando lo hago con frecuencia se convierte en un hábito y yo me convierto en su esclavo y puesto que éste es un buen hábito, ésta es mi voluntad.”
¡Ánimo, Dios te bendiga!