El Baldón: El Troodon y los aliens.
José Miguel Cobián 7 de junio de 2026
El terópodo más inteligente del Cretácico, sus asombrosas capacidades y el escenario alternativo en el que los mamíferos jamás habrían levantado cabeza.
Hace 77 millones de años, en las llanuras pantanosas de Norteamérica, acechaba un dinosaurio que parecía salido de la mente de un guionista de ciencia ficción. No por su tamaño –apenas 2,5 metros de largo y 50 kilos– sino por lo que escondía dentro de su cráneo. Su nombre: Troodon formosus, palabra que combina el griego trṓōn (herir, rozar) y odous (diente), en alusión a sus afiladas piezas dentales con extraños ganchos.
Lo realmente excepcional era su cerebro. Con un cociente de encefalización (EQ) de aproximadamente 7,5, superaba al de cualquier otro dinosaurio conocido, incluidos los velocirraptores. Para ponerlo en perspectiva, su EQ rondaba el de los avestruces modernos y se acercaba al de los marsupiales actuales. “El Troodon ya pensaba como piensa un cuervo o un mapache”. “Tenía una inteligencia social y una capacidad de aprendizaje muy por encima de lo que imaginamos de un reptil”.
Imagina lo que otros 66 millones de años de evolución podían haber logrado con:
- Visión binocular excepcional: Sus grandes ojos orientados al frente le otorgaban una percepción de profundidad ideal para cazar pequeños mamíferos, lagartos y crías de otros dinosaurios. Además, se cree que era crepuscular o nocturno, una ventaja evolutiva para evitar depredadores más grandes.
- Manos prensiles: Tres dedos largos con el primero parcialmente oponible. Podía sujetar objetos, quizás transportar piedras o ramas, un requisito previo para el uso de herramientas.
- Plumas aislantes: Fósiles de parientes cercanos (como Zanabazar) muestran evidencia de plumaje complejo, usado para termorregulación y quizás exhibición.
- Dieta omnívora: Sus dientes serrados y curvos sugieren que comía carne, pero también se han hallado gastrolitos (piedras en el estómago) típicos de animales que ingieren vegetales o moluscos.
El asteroide de Chicxulub cayó hace 66 millones de años, aniquilando a todos los dinosaurios no aviares. Pero ¿y si hubiera fallado el impacto? Los paleontólogos han elaborado una hipótesis fascinante: el Troodon evolucionado.
La versión más famosa la esbozó en 1982 el paleontólogo Dale Russell, quien, junto al artista Ron Séguin, imaginó al “dinosauroide”: una criatura erguida, sin cola externa, con cráneo globoso, ojos enormes, tres dedos largos y postura vertical. Tendría un cerebro tres veces más grande que el del Troodon original y una inteligencia comparable a la de un primate, o quizá comparable a la nuestra. “Russell llevó la idea al extremo humanoide, pero la mayoría hoy cree que no habría caminado como nosotros”. “Más bien se parecería a un cuervo gigante bípedo, con manos largas de tres dedos, pulgar opuesto y con capacidad prensible, con plumas coloridas, capaz de fabricar utensilios rudimentarios y quizás un lenguaje complejo a base de clics y silbidos”. Y yo añadiría, quizá con capacidad de desarrollar tecnología, propia, no como la nuestra, pero tecnología al fin.
En este escenario, el Troodon habría ocupado el nicho que en nuestra línea temporal conquistaron los mamíferos: el de animal social, inteligente y con cultura. Habrían formado clanes, cazado en grupo y probablemente manipulado el fuego (si hubieran descubierto el carbón o la madera seca). Algunos especulan incluso con la posibilidad de que, tras decenas de millones de años, desarrollaran una civilización similar a la de los humanos del Neolítico, y de ahí, la imaginación es el límite.
Los mamíferos del Cretácico eran criaturas diminutas, del tamaño de una musaraña o un gato doméstico, que vivían escondidas en madrigueras y solo salían de noche. “No habrían tenido la oportunidad de diversificarse”, sentencia el biólogo evolutivo Héctor Ramírez (Universidad de Bristol). “Los dinosaurios ocupaban todos los grandes nichos terrestres: herbívoros enormes, depredadores ápice, voladores, acuáticos… Los mamíferos hoy, seguirían siendo pequeños, nocturnos y de dieta insectívora o carroñera”.
La teoría indica que estas condiciones podrían cumplirse al pie de la letra:
- No existirían primates, ni roedores grandes, ni ungulados. Tampoco habría ballenas, elefantes o caballos.
- El grupo de los placentarios podría no haber despegado. Los mamíferos más exitosos quizás serían los monotremas (como el ornitorrinco) y algunos marsupiales.
- El cerebro de los mamíferos se habría mantenido pequeño. La presión selectiva para ser más inteligentes habría sido mucho menor, porque los dinosaurios ya controlaban los recursos.
- El ser humano jamás habría existido. Nuestros ancestros, los primeros primates, surgieron unos 10 millones de años después de la extinción de los dinosaurios. Sin esa “liberación de nichos”, nunca habrían pasado de ser arborícolas nocturnos. La teoría de la liberación de nichos, explica que al extinguirse los dinosaurios –no ancestros de las aves-, se liberaron nichos en la naturaleza que permitieron la expansión y evolución rápida de los mamíferos, ocupando espacios que antes les estaban vedados por el dominio de los dinosaurios.
El asteroide que cayó en Yucatán no solo mató al 75% de las especies; regaló a los mamíferos 66 millones de años de evolución sin opresión reptiliana. En un mundo sin ese impacto, hoy pisaríamos un planeta dominado por terópodos gigantes y veloces, y quizás habría una especie inteligente: el descendiente del Troodon, un “cuervo bípedo” que nos miraría (seríamos mamíferos no evolucionados) con sus enormes ojos y nos consideraría simples presas peludas.
Los que imaginan seres extraterrestres reptilianos basan sus teorías en una evolución de la vida, similar a la del planeta tierra sin el asteroide yucateco, sin considerar que cada planeta es único y la vida que pudiera evolucionar en algunos de ellos, también sería única, con una infinita mayoría que no supere la vida microbiana, y los pocos que la superen, todavía tendrían que superar los límites para desarrollar vida inteligente, y los obstáculos evolutivos para desarrollar una civilización tecnológica. Las ballenas son inteligentes, pero la evolución de su cuerpo les impide usar herramientas y con ello desarrollar tecnología. Los cuervos usan herramientas, pero son muy primitivas porque sólo pueden usar su pico para tomarlas. Incluso para desarrollar tecnología no basta con inteligencia, falta el cuerpo adecuado.
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