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El Baldón: Grietas en el México Actual

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José Miguel Cobián


La mayor trampa de cualquier sociedad medianamente próspera es la ilusión de su propia eternidad. A lo largo de los milenios, los habitantes de Roma, las cortes teocráticas de los mayas en las tierras bajas de Yucatán y los ingenieros hidráulicos del Imperio Jemer en Angkor Wat compartieron una certeza absoluta: que el suelo que pisaban era inamovible, que sus leyes eran permanentes y que el mañana sería una réplica idéntica y perfeccionada del ayer. El colapso histórico, como bien documenta la historiografía moderna, rara vez es un apagón repentino y fulminante; es el resultado de un largo y silencioso proceso de putrefacción interna en el que las instituciones se vacían de contenido, la economía pierde su brújula moral y la naturaleza retira su cooperación. Cuando los bárbaros tocan las puertas de la capital, no están destruyendo un coloso; simplemente están empujando una estructura que ya se había convertido en polvo. Al mirar el complejo panorama del México contemporáneo, resulta imposible no sentir un frío escalofrío de reconocimiento. La historia no se repite de forma idéntica, pero rima con una insistencia aterradora, y nuestro país está acumulando, con una ligereza alarmante, los mismos vectores de vulnerabilidad que liquidaron a las grandes civilizaciones del pasado.

El primer gran detonante del colapso es siempre la degradación económica y la pérdida del valor real del sistema de intercambio. En la antigua Roma, este fenómeno adoptó la forma de la devaluación monetaria: reducir el contenido de plata de los denarios para pagar un aparato estatal y militar hipertrofiado e ineficiente, desatando una inflación que devoró la confianza pública. En el México actual, la moneda no se rebaja físicamente en una fragua, pero el valor social del trabajo y el capital sufre un vaciamiento similar a través de la informalidad y la captura criminal de los mercados. Cuando más de la mitad de la población económicamente activa opera fuera de los márgenes de la ley fiscal, y cuando regiones enteras del país ven sus precios de la canasta básica determinados por las extorsiones y el «derecho de piso» impuesto por los cárteles de la droga, el sistema económico formal se convierte en una ficción. El Estado pierde la capacidad de recaudar de manera equitativa y eficiente, lo que debilita el financiamiento de los servicios públicos esenciales, la salud y la seguridad, añadiendo fuego a esa debilidad, el enorme gasto de compra de votos, disfrazado de gasto social. Al igual que en la Crisis del Siglo III, el dinero y el esfuerzo se desvían de la productividad real hacia la contención del caos o el pago de rentas a poderes fácticos, iniciando una espiral inflacionaria y de empobrecimiento estructural que socava los cimientos productivos de la nación.

Este desajuste económico alimenta y se retroalimenta del segundo vector, que es la evaporación de la gobernabilidad y el debilitamiento de la autoridad central. Las civilizaciones se sostienen sobre un pacto invisible pero estrictamente necesario: la creencia colectiva de que el gobierno civil tiene el monopolio de la violencia legítima y la capacidad de impartir justicia. La Dinastía Han en China se desmoronó cuando el poder centralizado de la burocracia imperial fue sustituido por señores de la guerra locales que fragmentaron el territorio nacional. En México, este fenómeno no es una distopía futurista, sino una realidad cotidiana en vastas zonas geográficas. La aparición y consolidación de los cárteles no representa únicamente un problema de orden público o criminalidad; constituye un desafío de carácter feudal. Hay municipios y estados enteros donde el ciudadano común no acude al palacio municipal para resolver una disputa o pedir protección, sino que se somete a los dictados del caudillo criminal de la región. El aparato estatal mexicano sufre de una fuga constante de legitimidad, donde las leyes se aplican de manera selectiva, la impunidad roza niveles absolutos y las instituciones de seguridad parecen burocracias sobredimensionadas incapaces de pacificar el territorio. Cuando la población civil pierde la fe en que el Estado puede proteger su vida y sus bienes, el contrato social se rompe y el sistema se fragmenta en autonomías violentas e ingobernables.

A este escenario de fragilidad política y socioeconómica se le suma el comodín implacable del desastre ambiental. Los mayas y los jemeres descubrieron de la peor manera que el diseño de sus ciudades y la subsistencia de sus millones de habitantes dependían de un equilibrio climático extremadamente frágil. Cuando las mega sequías azotaron sus territorios, las redes de distribución de alimentos y los intrincados sistemas de gestión del agua colapsaron, transformando metrópolis vibrantes en desiertos habitados por el hambre. México enfrenta hoy una crisis hídrica de proporciones existenciales que amenaza con estrangular sus principales motores urbanos y agrícolas. El agotamiento crónico de los acuíferos, la desertificación del norte y centro del país, y la incapacidad de gestionar la infraestructura de agua en megalópolis como la Ciudad de Monterrey o el Valle de México son llamadas de atención que la clase política prefiere ignorar en favor de la retórica inmediata. El estrés hídrico no solo destruye la soberanía alimentaria al arruinar los ciclos agrícolas, sino que genera tensiones sociales internas, migraciones forzadas del campo a las urbes y disputas territoriales que el debilitado sistema político no está preparado para procesar. La naturaleza no negocia presupuestos ni responde a promesas de campaña; simplemente retira el recurso vital y observa cómo las estructuras humanas se desmoronan por su propio peso.

Finalmente, el factor del colapso que la historia denomina como «los bárbaros a las puertas» encuentra en México una manifestación interna sumamente perversa. Roma no cayó porque los invasores fueran infinitamente superiores, sino porque el imperio ya no tenía la cohesión ni los recursos para defender sus propias fronteras, habiendo tercerizado incluso su seguridad a los mismos grupos que eventualmente lo desmantelarían, recordemos a los bárbaros germanos que apoyaban al ejército imperial, mismos que invadieron Roma. En el caso mexicano, las fuerzas destructoras no provienen de una migración exterior hostil, sino del crecimiento de una subcultura criminal interna que se alimenta de la exclusión social y la falta de oportunidades para los jóvenes. Al igual que los romanos que reclutaban mercenarios extranjeros que luego se volvían en su contra, la sociedad mexicana ha permitido que el crimen organizado reclute a ejércitos de jóvenes desamparados por el sistema educativo y económico, convirtiéndolos en la infantería que hoy desafía activamente la soberanía nacional. El riesgo final para México no es una invasión extranjera que borre nuestras fronteras del mapa, sino una implosión auto infligida: un estado de balcanización permanente donde el país formal coexista de manera agónica con un entramado de territorios sin ley, gobernados por el terror y la extracción violenta de recursos.

La lección más desgarradora que nos heredaron las civilizaciones caídas es que las señales del fin siempre estuvieron a la vista, plasmadas en las crónicas de los historiadores romanos, en las estelas de los reyes mayas y en los informes de los burócratas chinos. Todos sabían que el sistema fallaba, pero quienes tenían el poder de cambiar el rumbo operaban bajo incentivos de cortísimo plazo: sobrevivir a la siguiente intriga palaciega, ganar la próxima guerra fronteriza o edificar un monumento que glorificara su nombre antes de la siguiente temporada de sequía. México padece esa misma ceguera temporal. La discusión pública se agota en el escándalo de la semana o en los ciclos electorales de corto aliento, mientras las corrientes profundas del colapso —el agua que se agota, las instituciones que se licúan, el crimen que avanza y la economía que se deforma— continúan su marcha implacable. Negarse a ver nuestro reflejo en el espejo de las civilizaciones extintas no nos hace inmunes a su destino; solo asegura que, en unos siglos, otros arqueólogos excavarán nuestras ruinas preguntándose cómo pudimos dejar que todo se derrumbara teniendo todas las advertencias escritas sobre la mesa.

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