Tribuna Libre.
Por Eduardo Beye.
Educar, prevenir y dignificar: el modelo social de la Universidad del Conde y su Fundación.
En un país donde la desigualdad educativa, la falta de espacios seguros para la juventud y el deterioro de la autoestima se cruzan todos los días, pocas instituciones privadas sostienen un trabajo que no se queda en el aula. La Universidad del Conde, a través de la Fundación del Conde, ha sostenido durante casi dos décadas un enfoque que combina becas, deporte formativo y un programa de bienestar físico y emocional. No es un discurso de responsabilidad social añadido: es el eje de su operación.
El análisis de su aporte no debe quedarse en el gesto filantrópico. Hay que examinar el modelo: identificar problemas estructurales —falta de oportunidades educativas, ocio sin rumbo y una idea empobrecida de la dignidad personal—, diseñar instrumentos concretos y mantenerlos en el tiempo.
Tres frentes, una misma lógica
El primer frente es el acceso a la educación. Programas como Mil al Cien y Una Oportunidad parten de una premisa clara: la ignorancia y la falta de recursos no son solo un problema individual, sino un mecanismo de reproducción de la pobreza y de la violencia. Otorgar becas del 80, 90 o 100 por ciento —desde preparatoria hasta posgrado— no es únicamente “ayudar a estudiar”. Es interrumpir una trayectoria probable. Quien termina una carrera o una preparatoria cambia, en muchos casos, el horizonte de su familia inmediata. El efecto no es masivo en números nacionales, pero es denso en las comunidades de Veracruz y Puebla donde se han entregado apoyos. La educación aquí no se presenta como un bien de consumo, sino como herramienta de corrección social.
El segundo frente es el deporte como política de prevención. El programa Mexicah UDC de fútbol americano ofrece de manera gratuita campo, utilería, entrenadores, transporte, atención médica y psicológica a niños y jóvenes. La condición es sencilla y exigente a la vez: promedio mínimo y asistencia con un adulto responsable. El objetivo no es producir atletas de élite, sino sacar a los jóvenes de la calle y canalizar energía, disciplina y pertenencia. En un contexto donde las adicciones y las conductas de riesgo encuentran terreno fértil en el ocio no estructurado, un programa deportivo gratuito y permanente funciona como red de contención. Que lleve más de una década operando —y que haya escalado hasta competir en ligas formales— indica que no fue un evento mediático, sino una apuesta institucional.
El tercer frente es Mírate y Sé Feliz. Este programa de la Fundación del Conde selecciona a pacientes —principalmente mujeres— para medicamentos, tratamientos estéticos, cirugías estéticas y seguimiento posoperatorio, con un objetivo que va más allá de la imagen: mejorar la calidad de vida física y psicológica. En la práctica, eso significa devolver confianza a quien se ha sentido disminuida por el paso del tiempo, por un embarazo, por una secuela o por años de postergarse a sí misma. Un procedimiento bien indicado no es vanidad: puede ser el punto de inflexión para que una mujer se reconozca, se reactive laboralmente, mejore su relación consigo misma y con su entorno. El programa articula de manera natural con la vocación académica de la Universidad del Conde en medicina estética y longevidad: la formación profesional no se queda en el consultorio privado; se traduce en un beneficio social concreto para quienes, de otro modo, no accederían a este tipo de atención.
Lo que el modelo revela
El valor de estos tres programas no reside solo en las personas atendidas, sino en la coherencia. Becas, deporte y bienestar no son departamentos separados; se refuerzan. Un joven que entrena en Mexicah UDC puede acceder a una beca; una mujer que recupera seguridad a través de Mírate y Sé Feliz puede reordenar su proyecto personal y familiar; un estudiante formado en la universidad puede volver como profesional al servicio de esa misma comunidad. Esa circularidad es lo que distingue a una fundación universitaria de una campaña aislada de donativos.
Hay que ser precisos: no se trata de una solución nacional ni de un milagro estadístico. Los números de becarios, de jugadores o de pacientes atendidas no transforman por sí solos las tasas de deserción, de adicciones o de desigualdad de Veracruz. Pero el análisis honesto reconoce que, en un entorno saturado de discursos y de programas de corta duración, la persistencia importa. Mantener un esquema de becas, un programa de fútbol americano gratuito y un programa de bienestar físico y emocional durante casi veinte años exige continuidad administrativa, voluntad institucional y una convicción de que el problema de raíz es educativo, relacional y también de dignidad.
Un aporte que merece ser leído con seriedad
La Universidad del Conde y su Fundación no inventaron la idea de que la educación cambia vidas. Lo que sí han hecho es traducir esa idea en instrumentos concretos, locales y sostenidos: mil becas al cien, un equipo deportivo que funciona como escuela de vida y un programa que entiende que mirarse —y aceptarse— también es una forma de reconstruirse. En una sociedad que a menudo espera que solo el Estado resuelva lo estructural, este tipo de iniciativa privada con vocación pública merece un análisis que vaya más allá del elogio fácil o de la descalificación automática.
El verdadero indicador no es el número de notas periodísticas, sino si, dentro de unos años, hay más jóvenes de la zona Xalapa-Coatepec que terminaron la escuela, que no cayeron en conductas de riesgo y más mujeres que recuperaron la seguridad para seguir adelante. Ese es el terreno en el que estos tres programas deben seguir siendo medidos. Y, por lo que se observa hasta ahora, es un terreno en el que han decidido permanecer.