Zuckerberg ante el espejo social: entre la filantropía y la responsabilidad estructural
INDICADORES POLÍTICOS
Ulín de la Cruz
El reciente testimonio de Mark Zuckerberg en un tribunal de Los Ángeles no es solo un episodio jurídico más en la historia de Silicon Valley; es, sobre todo, un punto de inflexión en el debate global sobre la responsabilidad social de las plataformas digitales. El juicio, que examina si las redes sociales fomentan la adicción y afectan deliberadamente a menores de edad, obliga a replantear el rol ético de gigantes como Meta Platforms en la vida cotidiana de millones de jóvenes.
Entre la negación técnica y la responsabilidad moral
Durante su declaración, Zuckerberg insistió en que la política de la empresa prohíbe el uso a menores de 13 años y que se trabaja para detectar cuentas con edades falsas. Este argumento, sin embargo, evidencia una tensión fundamental: ¿basta con establecer reglas formales cuando el diseño mismo de las plataformas está orientado a maximizar el tiempo de permanencia?
La lógica del “engagement” —el combustible económico de redes como Instagram— entra en conflicto con la protección de poblaciones vulnerables. No es un secreto que los algoritmos privilegian contenidos emocionalmente intensos, comparativos o aspiracionales, los mismos que diversos estudios han vinculado con ansiedad, depresión y baja autoestima en adolescentes. Desde una perspectiva de responsabilidad social empresarial (RSE), esto implica que el problema no es solo quién usa la plataforma, sino cómo está diseñada para ser usada.
Filantropía vs. reparación: el dilema ético
Uno de los momentos más reveladores del interrogatorio fue cuando se preguntó a Zuckerberg cuánto dinero había destinado a compensar a víctimas afectadas por redes sociales. Su respuesta —rechazando la “caracterización” de la pregunta— contrasta con su compromiso de donar casi toda su fortuna a la ciencia. Aquí emerge una paradoja ética: la filantropía futura no sustituye la responsabilidad presente.
La RSE contemporánea exige pasar de la lógica de la caridad a la de la reparación. Donar a la investigación científica es loable, pero no responde directamente al daño potencial causado por modelos de negocio basados en la captación de atención. Una empresa socialmente responsable no solo financia soluciones abstractas; también reconoce externalidades negativas y asume compromisos concretos con los afectados.
El entrenamiento para “ser auténtico”: la comunicación como estrategia
Otro elemento significativo del juicio fue la discusión sobre los supuestos entrenamientos mediáticos para que Zuckerberg se muestre “auténtico, humano y real”. Más allá de si existió o no dicha capacitación, la mera existencia de documentos internos que sugieren modular la personalidad pública revela un problema mayor: la autenticidad corporativa no puede ser una estrategia comunicativa, sino una práctica organizacional.
Cuando la empatía se convierte en un guion, la confianza social se erosiona. En términos de legitimidad institucional, esto refuerza la percepción de que las grandes tecnológicas gestionan la crisis reputacional más como un problema de narrativa que de transformación estructural.
Redes sociales y menores: un desafío sistémico
El caso judicial también pone en evidencia que la responsabilidad no es exclusiva de una sola empresa. Plataformas como YouTube, propiedad de Google, junto con competidores como TikTok y Snap, han sido señaladas por mecanismos similares de recomendación algorítmica que priorizan la permanencia del usuario sobre su bienestar emocional.
Esto revela que la adicción digital no es un fenómeno accidental, sino un efecto sistémico del modelo económico de la atención. Desde una óptica de responsabilidad social, la pregunta clave es si las empresas tecnológicas están dispuestas a rediseñar sus productos para reducir riesgos, aun cuando ello implique sacrificar métricas de crecimiento.
La responsabilidad social en la era algorítmica
El juicio contra Meta inaugura una nueva etapa en la gobernanza digital: la evaluación del impacto psicosocial de los algoritmos. Tradicionalmente, la RSE se enfocaba en aspectos ambientales, laborales o comunitarios. Hoy, la dimensión algorítmica —cómo se configuran las experiencias digitales y sus efectos cognitivos— debe integrarse a los estándares de responsabilidad corporativa.
Aceptar esta premisa implicaría, por ejemplo:
- Transparencia sobre el funcionamiento de los sistemas de recomendación.
- Auditorías independientes sobre impacto en salud mental.
- Herramientas de uso consciente que no sean meros ajustes cosméticos.
- Mecanismos efectivos de verificación de edad que no dependan exclusivamente de la buena fe del usuario.
¿Hacia una nueva regulación social?
El carácter “de referencia” del juicio sugiere que su resultado podría influir en miles de demandas similares. Más allá del veredicto, el proceso simboliza una transición histórica: la sociedad está dejando de ver a las redes sociales como simples intermediarias tecnológicas para entenderlas como actores con poder estructural sobre la conducta humana.
En América Latina, donde la regulación digital aún es incipiente, este debate adquiere especial relevancia. La penetración masiva de redes entre adolescentes ocurre en contextos con menores recursos de salud mental y educación digital, lo que amplifica los riesgos y exige políticas públicas proactivas.
Conclusión: del discurso a la corresponsabilidad
El testimonio de Zuckerberg refleja una narrativa corporativa que insiste en la utilidad de las plataformas y en el cumplimiento formal de políticas de edad. Sin embargo, la responsabilidad social en el siglo XXI exige ir más allá de la legalidad mínima. Implica reconocer que el diseño tecnológico moldea conductas, emociones y, en casos extremos, la estabilidad psicológica de los usuarios más jóvenes.
La pregunta que deja este juicio no es si las redes sociales son inherentemente dañinas, sino si sus empresas están dispuestas a asumir una corresponsabilidad real en los efectos que generan. La credibilidad de las tecnológicas no dependerá solo de su capacidad para “parecer humanas”, sino de su voluntad de actuar con humanidad estructural: diseñar productos que prioricen el bienestar sobre la adicción y el valor social sobre el tiempo de pantalla.
ESE SERÁ, EN ÚLTIMA INSTANCIA, EL VERDADERO VEREDICTO DE LA HISTORIA.
